Vuestra puta manía de idolatrar.

Qué curioso resulta que a todos os siente tan mal que el bueno del señor Karp, que para los pocos normales que pueda haber en esta red social no es otro que el que levantó todo este tenderete, haya decidido que vender a Yahoo por mil cien millones de dólares una empresa que apenas reporta doce es una opción muy a tener en cuenta.

¿Qué esperabais?

Quizá os toca un poco la fibra el hecho de que este rinconcito de internet en el que fingís ser libres y perfectamente abiertos de mente, en el que cada día veo a gente competir por quién es más moderno, más alternativo y más alma libre, ahora vaya a pertenecer a una de las grandes empresas de la publicidad, porque yahoo no es otra cosa, del mundo.

Quizá sea eso.

O quizá sois simplemente idólatras. Quizá entre todos los hondos y pseudoprofundos que parecéis adorar por aquí la estrella más brillante fuese David Karp. Jodeos, simplemente. No deberíais ir por ahí idolatrando a nadie.

Por lo que a mí respecta, felicidades al señor Karp por se mil cien millones más rico.

Conexiones neuronales casuales.

Llevo una larga temporada dedicado al mondo de los cómics y las novelas gráficas, algo que no hacía desde hacía años y que hace relativamente poco retomé por la influencia de una amiga.

Hace algún tiempo, alguien me comparó o -mi memoria nunca es buena- dijo que le recordaba a Tom Waits. Una de esas personas que no sé exactamente qué impresión me generan, que podría odiar como a Bukowski pero que tiene algo más auténtico que hace que no pueda.

Ayer empecé uno de los últimos que me quedaban por leer, una historia de esa grande que es Warren Ellis, una historia cruda, algo sangrienta y en ocasiones desagradable pero envolvente, absorbente, una de esas novelas negras en formato cómic que se te cuelan hasta debajo de la piel dejando una sensación de horror que trasciende la simple lectura tanto como Stoker debió hacer en su tiempo.

Sea como sea, tuviese o no relación con ello, ayer, antes de dormir volví a acordarme de Waits y escuché, y aprovecho para recomendar a los que no la conozcan, la vieja “Georgia Lee”.

Hoy, acabando de leer esa historia llegó un punto en el que me la tuve que volver a poner y es que es increible como a veces unas cosas casan con las otras.

Para los que les pueda interesar:

Scars, el cómic de Warren Ellis y Georgia Lee, la canción de Tom Waits.

Estúpido tiempo.

No me gusta esa dimensión unidirecional y no manipulable.

Partamos de las otras tres, me resultan más comprensibles, nunca las he necesitado especialmente, sabe cualquiera que me conozca y más cualquiera que haya dormido conmigo y son casi tantos como me conocen, que mi necesidad de espacio es nula, mi espacio vital acaba donde acaba mi piel. Con esas tres dimensiones bidirecionales y perfectamente manipulables me llevo mejor. No suelo necesitar espacio para mí y sin ningún problema puedo cedérselo a quien sí lo necesite. Si en un ascensor de metro y medio cuadrado yo me quedo en una esquina, todo el espacio que no utilizo puede utilizarlo otro.

Estúpido tiempo. A mí me sobra tiempo tanto como me sobra espacio. Soy de poco dormir, como prácticamente sin masticar y en cinco minutos, no invierto en mi aspecto más allá de lo estrictamente necesario, y ahora no tengo oficio ni beneficio, se acabó el estudiar, el hacer trabajos y el ir a clase y tampoco tengo un trabajo que lo sustituya. Me sobra el tiempo. Y sin embargo no puedo cedérselo a quien le falta. Yo no puedo hacer que mis días tengan veinte horas para que los de otra persona tengan veintiocho. Es más, si yo quiero dar cuatro de mis horas, dedicárselas a otra persona, esa persona debe invertir también cuatro de las suyas.

La realidad, que no entiendo muchas veces y con la que me encuentro en un estado de calma tensa, sería un lugar mejor, más hospitalario, si el tiempo se pudiese recorrer. Todos tendríamos más fácil compartir el tiempo con los demás.

Humanos no-animales. (Abstenerse ofensibles)

No sé qué atractivo podéis verle a llenar heridas de tinta y tener mas agujeros que un puto cinturón. Donde no hacéis más que decirme que hay simbolismo, gustos o reflejos de la personalidad yo sólo puedo ver una puta moda que, como todas las putas modoas, pasará, una aceptación social que antes no existía y que en algún momento decidisteis utilizar como excusa para encontrar una nueva forma de demostrar ese “quinceañismo” colectivo, esa aparente necesidad de la raza humana de reivindicarse no-animal. Simplemente no me creo esos gustos. No os gustan los pendientes, no os gustan los tatuajes, no os gustan las miles de mierdas contra las que ya he despotricado otras veces… os han enseñado a que os gusten, miles de años de evolución e idiotización colectiva os han enseñado que eso, una vez que la sociedad lo acepta porque antes no hubieseis tenido cojones, os puede gustar.

La historia se reirá de vosotros como ya se ríe de las señoritas que bebían vinagre y comían porcelana en un estúpido intento de aparentar ser más blancas, de las padaung y sus cuellos deformados o de los pies vendados de las chinas. Tenéis con todo ello algo en común, habéis encontrado una forma que os resulta cómoda de reivindicaros no-animales. Y eso somos los humanos, una neurosis colectiva que nos fuerza a evitar por cualquier medio aceptar que no somos más que otra raza animal. Y vosotros con vuestros adornos no sois más que una pieza pequeña y sin ningún tipo de importancia en la enorme maquinaria de idiotismo colectivo y negación de la realidad que debió de empezar cuando a algún cretino prehistórico se le ocurrió que sus muertos no podían ser carroña como los de cualquier otro animal, toda esa mierda que hoy nos ha dado un par de bellos temas de historia sobre “culturas funerarias” y grandes extensiones de terreno pobladas de muertos en cada puta ciudad.

Así que la historia se reirá de vosotros tan solo si os recuerda, porque vuestras jodidas modas no suponen ni tan siquiera una innovación. Desde que los humanos son humanos o al menos desde que nos empecinamos en negar que somos animales, las deformaciones han sido algo presente, aunque no creo que gozasen de tanta aceptación social a nivel mundial como ahora desde que, supongo, antes de empezar a datar la historia tuviesen algún tipo de sentido y no fuesen meramente putos adornos. Cuando aún se utilizasen como un modo de reconocer pueblos o creencias y no de reconocer tribus urbanas y modas.

Gilipolleces de tal calibre me hacen dudar incluso de la palabra evolución. Durante tanto tiempo nos hemos dedicado tan profusamente a negar la naturaleza animal de los humanos que más que “evolución” yo diría “cambio”. Me han llamado, más de una vez, misántropo… no soy yo quien mutila a ninguna persona por una jodida moda.

Alpinismo, o algo así.

Cuando escalas con alguien, por regla general, la confianza es algo tangible. La confianza está representada en una cuerda entre los escaladores. Si uno comete un error que le hace caer, sólo caerá hasta dónde le permita la cuerda que le ata a su compañero.

Quizá lo mejor de la analogía, lo que más real la hace es el segundo escalador, el que se mantiene aferrado, el que actúa como seguridad del que resbala: Ni siquiera tiene que hacer nada.

El secreto estaba en no esperar.

Y se acabó el no esperar… con lo fácil que era eso. Y lo mucho que me alegro de esperar de nuevo, que se me había olvidado que eso es la esperanza. Ahora espero cine, espero dormir, espero musica, espero carretera, espero casa y espero nido, espero mañana un uno de febrero.

La cerradura seguía ahí, detrás de la hoguera, detrás de toda la puerta tapiada, la cerradura seguía ahí. Un préstamo es un préstamo, y es todo lo que representa… poder entrar y salir libremente. La falta de familiaridad con los comics de superhéroes hace que quizá sea necesario recordar el manido “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. No me importa enfadarme con el resto del mundo, mientras pueda capear la tempestad pero es muy puto enfadarte con tu techo porque fuera esté lloviendo.

La cerradura seguía ahí, detrás de la hoguera, detrás de toda la puerta tapiada, la cerradura seguía ahí. Un préstamo es un préstamo, y es todo lo que representa… poder entrar y salir libremente. La falta de familiaridad con los comics de superhéroes hace que quizá sea necesario recordar el manido “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. No me importa enfadarme con el resto del mundo, mientras pueda capear la tempestad pero es muy puto enfadarte con tu techo porque fuera esté lloviendo.

(vía moonzo)

Manos quemadas.

El fuego quema.

¿Alguien lo duda?

El fuego quema. Si pones la mano desnuda en el fuego, la mano se quema. A pesar de lo irrefutable de esa afirmación, la expresión “poner la mano en el fuego por alguien” sigue gozando de una salud envidiable. Pienso, en consecuencia, que la confianza en otras personas sigue gozando también de esa misma salud, pues mucho habría que confiar en alguien para poner por él la mano en el fuego.

La confianza, no obstante, presenta un serio problema: se acumula, se enlaza y crece como una bola de nieve; y si bien la confianza, en origen, puede nacer de manera natural hacia alguna persona, este crecimiento se produce sin ningún tipo de criterio, cegados por la confianza previa. Así, si yo confío en una persona y otra persona diferente confía en mí, esta segunda persona confiará irremediablemente en aquella primera, aunque sólo sea mediante la intervención de la confianza que pueda tener hacia mí. Esto alcanza niveles ridículos cuando, por ejemplo, tanto la primera persona como yo confiamos en otra diferente, cualquiera que confíe en nosotros se ve arrastrado a una confianza que ya no tiene ningún criterio.

Y de la noche a la mañana, las manos se acumulan entorno al fuego, como quien hace cola para conseguir algo tan glorioso como quemarse. Y, claro, tal y como podría suponerse, cada una de las manos que esperaban pacientes su turno se queman al ponerse en el fuego. Y no sólo se queman las manos cuya confianza estaba justificada, que ya es duro, sino también las arrastradas por la enorme bola de nieve de confianzas entrelazadas.

Lo realmente cómico, la broma que hay detrás de todo esto y por lo que todo esto merece ser relatado es que en ningún momento se pidió a nadie poner la mano en el fuego, en ningún momento nadie dijo que no quemaría.

Ahora hay al menos tres manos quemadas.

Y con una mano quemada, cuesta mucho estrechar las de los demás.

El fuego quema, y otra vez no sabré ni cómo saludar.

Hijo de puta.

Uno hace todo lo posible para convertirse en un hijo de puta, en un gilipollas, en un borde de cojones que sea capaz de alejar a todo el incauto que ose adentrarse más allá de los muy claros límites de su coraza, y al final lo consigue. No es una decisión que se tome de la noche a la mañana, nadie se levanta un día y decide “hoy me voy a quedar solo”. Es una decisión tácita y prolongada en el tiempo, o una linea de acción fomentada por la falta de una decisión real. Lo que si se decide, una vez que ya has comenzado a convertirte en un hijo de puta, es “si se hace, se hace bien”. Así, uno aprende a estar solo, porque eso se aprende, y descubre que no necesitaba tenerle miedo a la soledad; que la soledad, el tiempo y todas esas mierdas en realidad solo hacen daño a las buenas personas, como duele entrar de frente a una ola, pero que puede cabalgarse si decides, no sólo jugar a su juego, sino liderar su liga.

Et voilà, los pequeños juegos de demagogia se ven convertidos en absoluta tiranía, la caradura que aún podía verse como un rasgo positivo pasa a ser puro y duro oportunismo y la sinceridad pasa de rabiosa, lo que ya daba algún problema, a abiertamente ofensiva. Un día uno abre los ojos y reconoce que se ha convertido en un auténtico hijo de puta y sonríe, sonríe de medio lado, una sonrisa torcida, de hiena, que amenaza a mordisco. Y sonríe porque convertirse en un hijo de puta es la forma de poder ejercer la tiranía, es la forma de poder ofender y es, sobre todo, la forma de aprovechar las oportunidades pisando los cuellos que sea necesario. La moral, junto con cualquier tipo de principio, se difuminan, desaparecen, absorbidas por la propia esencia del nuevo concepto de la persona.

Entonces es cuando uno hace todo lo posible por ser un hijo de puta. Abandona la moral, aprovecha las oportunidades las quiera o no, y los días pasan sin aprender absolutamente nada de las experiencias, pero nada duele o, si duele, se tapa con media sonrisa y alguna broma hiriente e incluso macabra. Se inventan excusas para evitar a personas o simplemente se dice de la manera más ofensiva posible que nadie te interesa, te ríes cuando tienes que recoger tus cosas que vuelan desde la ventana de la última persona a la que dejaste notar que te has vuelto un hijo de puta. Al final entiendes que te has vuelto una broma, uno de tus propios chistes cínicos y sarcásticos, un espejo que refleja tu propia forma de ver lo que te rodea. Te vuelves el máximo exponente de todo lo que odias.

Uno hace todo lo posible por convertirse en un hijo de puta y, cuando ya lo ha logrado, cuando está todo atado y bien atado y te has vuelto de acero templado, cuando la coraza ya no se diferencia de la carne y los ojos son realmente espejados para la inmensa mayoría, entonces aparece algo con lo que no habías contado, un pequeño inconveniente en tu camino hacia la absoluta perfección de la tiranía y el oportunismo. Y el hijo de puta descubre a una persona que mira detrás del espejo, que responde a los comentarios que nacen del desencanto con pequeñas historias o anécdotas amenas, que deja la impronta de algo que permite dar un motivo y no una excusa para no pasar de tu parada en el tren, que hace que cada hora capicúa te pille mirando el reloj, que decide que si dentro de tu cabeza hay mierda es mejor abrir y que ventile.

Y un día, sin que tampoco medie ninguna decisión consciente, uno se descubre haciendo todo lo posible para que el hijo de puta en el que te has convertido no pueda hacer daño a esa persona. Y como has renunciado, en tu camino hacia la perfección de hijoputismo, a la felicidad, te vuelcas en hacer feliz a esa persona. Y un día te levantas, abres los ojos, y descubres que tú también te has vuelto feliz… Y uno hace todo lo posible por no ser un hijo de puta.

Controlar la presión. Vigilar cada pequeña variación y corregirla. Mantener limpias las válvulas de seguridad… Y con algo tan sencillo, todo sale bien.

Controlar la presión. Vigilar cada pequeña variación y corregirla. Mantener limpias las válvulas de seguridad… Y con algo tan sencillo, todo sale bien.

(vía pornohablarte)

Sencillez y realidad.

Hace algún tiempo escribí “partamos de la base de que si fuese sencillo me costaría creer que es real” y lo hice totalmente convencido de que el hecho de que no fuese sencillo, en su capacidad de dotar de realismo, era algo genuinamente positivo. Y eso marcó mi forma de actuar de una forma que pensada con perspectiva ahora, tiempo después, me parece bastante estúpida: celebraba la dificultad. No es diferente a autocompadecerse cuando algo va mal, sólo que en este caso lo haces pensando que es positivo.

No es más que otro error, como ha habido muchos, especialmente en el tema en el que me surgió aquella frase, lo realmente curioso es cómo ha influido en mí tiempo después. Es cierto que, a raiz de entonces, supongo, cuando todo es sencillo me cuesta creer que es real… por eso aún hoy por hoy hay días que me sorprendo con una sonrisa en la boca y negando para mí. No sé si es un nuevo error porque yo nunca los veo venir, pero no me lo parece, pero ahora me parece que a pesar de que en algunos momentos me cueste creer que sea real, prefiero, con mucho, que todo sea tan sencillo.

No sé si es que vuelve a caer lluvia, que siempre cala, o es que empieza a rezumar la mierda entre mis orejas, pero si no fuese por lo que le debo a San Juan y lo que en un futuro quiero deberle, mucho más allá de lo simplemente quemado, estaría haciendo caso a las ganas que se han despertado de volver a escribir.

Lo más grande, lo más importante, todo aquello que ninguna elaborada metáfora poética puede expresar, que ninguna palabra abarca en su significado completo, toma forma en pequeños gestos, en detalles tan aparentemente nimios como tapar el sol con la mano.

Lo más grande, lo más importante, todo aquello que ninguna elaborada metáfora poética puede expresar, que ninguna palabra abarca en su significado completo, toma forma en pequeños gestos, en detalles tan aparentemente nimios como tapar el sol con la mano.

(vía anakcahaya)

Dulces sueños.

¿No habíamos quedado en que no ibas a soñar dormido, en que ahora los sueños eran sólo cosa de la vigilia? Tengo con las recomendaciones ese problema que tiene la mayoría: no hago ni puto caso, aunque me las haya hecho yo mismo. Así que vuelvo a soñar. Vuelvo a soñar dormido.

Y vuelvo a soñar la misma mierda que ya me calentó tanto la cabeza como para decidir dejar de soñar. Los mismos sueños a los que después doy vueltas durante horas en la cama y que ni siquiera me he acabado de quitar de encima cuando vuelvo a acostarme a la noche siguiente. De los que me meten miedos y despiertan odios, de los que no puedo pedir nada porque ya quedó claro que sobre ciertos temas no se pueden hacer promesas o que la única esperanza que puedo albergar es que pase el tiempo.

Ya no es cuestión de vencer o no vencer, eso quedó claro, y siempre he de pensar que se vence. Es cuestión de cuántos sacrificios merecerá la victoria y de aceptar que muy probablemente, el sacrificado sea yo.

De no dormir con el estómago vacío.

Entra aire por la ventana. Debe de ser la primera noche que noto que entra aire por la ventana. Si no fuese porque el hecho de darme cuenta demuestra irrefutablemente que estoy despierto, sería agradable.

¿He dormido? No estoy durmiendo, pero ¿he dormido?

La sensación de no saber cuándo has dormido en condiciones por última vez. Podría ser hace más de una semana o podría ser hace veinte minutos. Pero no lo sé, y puede que no haya una forma de saberlo.

¿A qué viene entonces esa apetencia, ese gusto viejo arraigado? ¿No te acuerdas, viejo, que lo quemaste en la hoguera? Por muy arraigado que estuviese, ardió hasta la raíz. Ardieron muchas cosas, entre ellas la misma maldición que arrastraban las hogueras anteriores.

Me he hartado a decir que las cosas no cambian, pero el fuego opina diferente. Y si yo no tengo razón, ¿por qué estoy despierto? ¿acaso todo cambia para que todo siga igual?

¿Nunca habéis tenido la sensación de algo no encaja? Nada va mal, no ocurre nada, nada falla… y sin embargo algo no encaja. Claro, no encaja el sueño. Quizá lo busqué muy pronto para mi cabeza acostumbrada a mascar problemas durante horas en los dibujos del gotelé del techo.

Te acostumbraste, viejo, te acostumbraste a rumiar problemas hasta caer dormido cuando algo no encajaba. Pero cuando no hay problemas y algo no encaja te cuesta dormir con el estómago vacío. Te has acostumbrado del mismo modo que te acostumbraste a la lluvia y a toda aquella mierda que no querías aceptar del poeta maldito. ¡Qué patraña!

¿He dormido? Si he dormido, ¿por qué me he despertado?

¿He dormido? Si no he dormido, ¿qué he estado haciendo sin problemas que mascar?

Una laguna de varias horas, después de mucho tiempo sin lagunas. Algo ha ocurrido. Ha ocurrido, pero nada ocurre. O quizá he dormido, pero no duermo.